La paja en el ojo ajeno

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Hace algún tiempo que leí en Diagonal un artículo, una entrevista a Ramón Grosfoguel, un sociólogo puertorriqueño afincado en la Universidad de Berkeley. En este artículo habla de conceptos como la colonialidad del poder o la descolonización de la economía. Suscribo totalmente sus opiniones, pero voy a dar mi propia versión, de una forma mucho más simplificada que él, pues aunque quisiera hacerlo de otra forma, me resultaría del todo imposible. Una consecuencia de estar intelectualmente más limitado que Grosfoguel.

En este sentido, se trata de que nosotros, que últimamente nos hemos convertido en desposeídos de derechos, nos olvidamos de que toda la vida hemos estado viviendo a costa de otros, que sintiéndose o no desposeídos, lo han estado siempre, durante generaciones enteras. No es otra cosa que la base del sistema capitalista, que dice que para que haya gente rica tiene que haber gente pobre, de la misma manera que para que haya países ricos tiene que haber países pobres.

Un ejemplo muy claro delo anterior serían las guerras que se dan en muchos países con materias primas importantes para los negocios en occidente. Es algo que sucedió con los diamantes de sangre en Sierra Leona, que servían para financiar una guerra civil mientras en occidente se vendían al gran público y a precios importantes. Otro ejemplo sería el coltán, un mineral que se obtiene en la República Democrática del Congo, y que se utiliza en la fabricación de numerosos dispositivos electrónicos, como los smartphones que todos llevamos en nuestros bolsillos. Quienes extraen este mineral en este país, son refugiados, prisioneros de guerra o niños, y lo hacen en condiciones de semi-exclavitud, además de estar expuestos a las enfermedades derivadas de la extracción de un mineral tan tóxico. Por no hablar de los conflictos que se derivan de este tipo de fuentes de riqueza. No hay que forzar demasiado la memoria para recordar los conflictos en Irak, Kuwait o Libia por el control del petróleo.

La gravedad del asunto es que, incluso movimientos como el 15-M, en España; u Occupy Wall Street, en Estados Unidos, olvidan estos hechos, por lo menos así queda patente a la hora de realizar demandas. Somos egoístas incluso queriendo hacer el bien. Por ejemplo, en España, nos acordamos de nuestra carrera profesional frustrada por la crisis económica, los derechos sociales que nos han quitado o la calidad de vida que hemos perdido. Sin embargo, en ningún momento nos hemos acordado de los saharauis, de piel oscura, que están esperando a las puertas de Europa y que no van a entrar porque no tienen derecho a pisar la misma tierra que nosotros.

No se trata de negar las aportaciones de estos movimientos a la lucha social, sino de ver si los participantes o simpatizantes de los mismos habían caído en la cuenta de que todo se reduce al viejo juego de ricos y pobres. Y de saber si las demandas que hacemos a nuestros gobernantes -y a los ricos- porque pensamos que nos beneficiarían, seríamos capaces de hacérnoslas a nosotros mismos para beneficiar a los pueblos más desfavorecidos del mundo. No debemos olvidarnos de que, en términos de población mundial, somos una minoría privilegiada. ¿Nunca habíamos pensado en que nuestro bienestar dependía ´-y depende- del malestar de otros? Es un espectáculo esperpéntico, digno de haberse gestado dentro del genio literario de Valle-Inclán, pero que es real. Violencia en estado puro.