Septiembre, día 11

Desde 2001, cada año, el día 11 de septiembre los medios de comunicación occidentales recuerdan con horror la tragedia de Nueva York. Los estadounidenses, la policía del mundo, fueron atacados por los enemigos de la libertad.

No se recuerda tanto un hecho ocurrido hoy hace ya 40 años, también un 11 de septiembre, cuando los adalides de la libertad patrocinaron un golpe de estado en Chile. En su libro de memorias, Nathaniel Davies, embajador de EE.UU. en Chile en durante el año 1973, publicó una conversación que mantuvo Pinochet con un oficial de inteligencia americano en febrero de ese año. El funcionario estadounidense le preguntaba a Pinochet “está usted en un barco que se hunde, ¿cuándo piensa actuar? Pinochet le contestó, tajante, lo siguiente: “no hasta que se nos mojen las piernas”.

Salvador Allende ganó unas elecciones limpias en el año 1970, convirtiéndose en el primer marxista de la historia que llegaba al poder a través de las urnas, con el incontestable apoyo popular. En aquella época Chile significaba para la izquierda internacional algo parecido a lo que significó la Segunda República en la España de los años 30: la esperanza de que sí se puede. Y que nada tiene que ver con el Yes, we can de la campaña de Obama. Absolutamente nada.

Un dato que me resulta muy curioso es que tras el golpe, economistas chilenos formados en la Escuela de Chicago pudieran dar rienda suelta a las teorías neoclásicas. Muy parecidas a las que se aplican actualmente a lo largo y ancho del mundo occidental, con resultados que, de la misma forma que sucede con la lluvia, no son del gusto de todos, ni de una mayoría.
No sólo merece la pena valorar el cinismo en política exterior estadounidense, por todos conocido. Sino también cifras y otros hechos. Por ejemplo, que tras los atentados murieron casi 3.000 personas en aquellas torres; mientras que durante la catástrofe chilena perdieron su vida 30.000. Y esto sin entrar en las detenciones sumarias y demás atrocidades cometidas contra la población civil. Los americanos tuvieron la oportunidad de ver vengada la afrenta con una guerra en Afganistán, en la que posiblemente muriesen multitud de civiles inocentes, cosa a la que ya nos tienen acostumbrados. Los chilenos que democráticamente eligieron a Pinochet no tuvieron una oportunidad de verse resarcidos; por el contrario, se vieron condenados a prisión o al exilio, en el mejor de los casos.

No estimo justo recordar con tristeza a las víctimas de una tragedia ocurrida en un país que, por sistema, se dedica a crear tragedias en los cinco continentes; mientras que olvidamos las víctimas de una tragedia provocada por este país. Esta última frase, sería tachada por muchos de demagogia. Para mí, ese comportamiento es un compendio de cinismo e hipocresía. Para terminar, os dejo un corto de Ken Loach que no es otra cosa que un resumen audiovisual de lo que aquí se escribe.

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La punta del iceberg

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Durante el pasado fin de semana aproveché para ver la película All The Invisible Children, del año 2005. La película cuenta las vidas de diferentes niños en diferentes lugares del mundo, niños bastante desafortunados aunque no por ello menos felices, en algún caso por lo menos. En mitad de una de esas historias, repentinamente, me asaltaron varios pensamientos, entre los que se destacó uno, casi de forma automática: se me ocurrió relacionar el accidente del tren en Santiago de Compostela con alguno de los dramas sociales que se desarrollaban ante mis ojos.

Un hervidero de ideas y ejemplos hicieron aparición en mi cabeza, tanto es así que después de este proceso tuve que rebobinar la película. Mis pensamientos giraban en torno a algo simple, tan simple como que no nos gusta ahondar en las causas verdaderas de ciertos problemas, preferimos ir a lo que parece evidente y nos olvidamos de que, a veces, en el fondo se encuentra la realidad verdadera.

Basándome puramente en el hecho de que, en un primer momento, el discurso mediático en torno al accidente tendía a señalar a la misma persona, ¡y calaba! Fui entonces un poco más allá, y me paré a pensar; primero en las historias que estaba viendo en la película -ya terminada-, en muchas otras después.

Un chico joven, de unos veinte años, sin estudios y que se gana la vida robando. Un día la policía lo pesca; va para dentro, y con razón. Si la noticia saliese en la prensa amarilla o lo comentaran en su barrio; seguramente se diría que no tuvo un padre que le educase para estudiar, o ganarse la vida honradamente, porque estaba muy ocupado bebiendo. O quizá que la madre era una persona desequilibrada. O ambas cosas. Vamos, que la culpa es de sus padres, y ciertamente no es que sea falso del todo.

En este punto sonó mi timbre de mesa. Me dije que ese chico fue al colegio y que allí no encontró a nadie que le recondujera; probablemente la única psicóloga del colegio tuviese otros 600 chicos para atender; o su profesor, que aparte de enseñar a otros 29 jóvenes, debe dar el temario. Recursos insuficientes que ningún Gobierno se ha molestado en tornar, al menos, en adecuados. Ninguno.

Es verdad, sólo es un ejemplo. Pero sólo hay que ver la cantidad de drogadictos que no pueden desintoxicarse porque nadie se lo pone un poco más fácil; niños que crecen en hogares rotos por la violencia de género o el alcohol, y que ya no van a tener las mismas oportunidades que los demás;  o sin techo que tuvieron una mala racha de la que no supieron sobreponerse. En mi opinión, muchos no tuvieron una cobertura social adecuada. No hay dinero, o por lo menos no para lo que no se quiere.

Nosotros, que vivimos bien, también les damos la espalda, porque no queremos mezclaros con esa clase de gente. Ellos viven marginados. No nos interesan, unas monedas en el metro son suficientes. No merecen más. Si profundizásemos un poco podríamos ver hay una historia detrás, que tal vez la vida no tendría que haber sido así con esa persona, que al final, el que más y el que menos, somos egoístas.

La paja en el ojo ajeno

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Hace algún tiempo que leí en Diagonal un artículo, una entrevista a Ramón Grosfoguel, un sociólogo puertorriqueño afincado en la Universidad de Berkeley. En este artículo habla de conceptos como la colonialidad del poder o la descolonización de la economía. Suscribo totalmente sus opiniones, pero voy a dar mi propia versión, de una forma mucho más simplificada que él, pues aunque quisiera hacerlo de otra forma, me resultaría del todo imposible. Una consecuencia de estar intelectualmente más limitado que Grosfoguel.

En este sentido, se trata de que nosotros, que últimamente nos hemos convertido en desposeídos de derechos, nos olvidamos de que toda la vida hemos estado viviendo a costa de otros, que sintiéndose o no desposeídos, lo han estado siempre, durante generaciones enteras. No es otra cosa que la base del sistema capitalista, que dice que para que haya gente rica tiene que haber gente pobre, de la misma manera que para que haya países ricos tiene que haber países pobres.

Un ejemplo muy claro delo anterior serían las guerras que se dan en muchos países con materias primas importantes para los negocios en occidente. Es algo que sucedió con los diamantes de sangre en Sierra Leona, que servían para financiar una guerra civil mientras en occidente se vendían al gran público y a precios importantes. Otro ejemplo sería el coltán, un mineral que se obtiene en la República Democrática del Congo, y que se utiliza en la fabricación de numerosos dispositivos electrónicos, como los smartphones que todos llevamos en nuestros bolsillos. Quienes extraen este mineral en este país, son refugiados, prisioneros de guerra o niños, y lo hacen en condiciones de semi-exclavitud, además de estar expuestos a las enfermedades derivadas de la extracción de un mineral tan tóxico. Por no hablar de los conflictos que se derivan de este tipo de fuentes de riqueza. No hay que forzar demasiado la memoria para recordar los conflictos en Irak, Kuwait o Libia por el control del petróleo.

La gravedad del asunto es que, incluso movimientos como el 15-M, en España; u Occupy Wall Street, en Estados Unidos, olvidan estos hechos, por lo menos así queda patente a la hora de realizar demandas. Somos egoístas incluso queriendo hacer el bien. Por ejemplo, en España, nos acordamos de nuestra carrera profesional frustrada por la crisis económica, los derechos sociales que nos han quitado o la calidad de vida que hemos perdido. Sin embargo, en ningún momento nos hemos acordado de los saharauis, de piel oscura, que están esperando a las puertas de Europa y que no van a entrar porque no tienen derecho a pisar la misma tierra que nosotros.

No se trata de negar las aportaciones de estos movimientos a la lucha social, sino de ver si los participantes o simpatizantes de los mismos habían caído en la cuenta de que todo se reduce al viejo juego de ricos y pobres. Y de saber si las demandas que hacemos a nuestros gobernantes -y a los ricos- porque pensamos que nos beneficiarían, seríamos capaces de hacérnoslas a nosotros mismos para beneficiar a los pueblos más desfavorecidos del mundo. No debemos olvidarnos de que, en términos de población mundial, somos una minoría privilegiada. ¿Nunca habíamos pensado en que nuestro bienestar dependía ´-y depende- del malestar de otros? Es un espectáculo esperpéntico, digno de haberse gestado dentro del genio literario de Valle-Inclán, pero que es real. Violencia en estado puro.

Habrá Paz para los malvados

ImageEste año, el Premio Nobel de la Paz le fue concedido a la UE. La razón: contribuir durante seis décadas a la paz, la reconciliación, la democracia y los derechos humanos. Debe existir cierta arbitrariedad al considerar estos conceptos, pues no es justo decir que Europa lleva 60 años esforzándose por la paz cuando el año pasado apoyó un ataque a Libia, contribuyendo, además, con soldados. Se decía entonces que se hacía con el fin garantizar la democracia. A mí que me llamen loco, pero en la UE, los ciudadanos sólo elegimos directamente a los miembros del Parlamento Europeo. Aunque siempre habrá quien diga que cuando elegimos un representante, le otorgamos potestad para que haga lo que quiera durante su mandato. Así son los tertulianos de la tele.

En lo que a paz compete, también se deberían tener en cuenta los 60 años que llevan los eternos pacifistas permitiendo a Israel hacer lo que le plazca en Oriente Medio.

Por otra parte, debemos asumir que nunca se ha tenido buen tino a la hora de repartir este galardón. Sin ir más lejos, en el año 2009, le fue otorgado a Barack Obama, y todavía no ha demostrado por qué. Sugiero: “al programa electoral más ilusionante del S.XXI”. Unos años antes, en 2001, fue la ONU la organización galardonada con este premio, también con la paz como coartada. Sin embargo es curioso que desde que existe la ONU no han sido pocas las guerras habidas en el mundo; si bien es cierto que en ellas ya no peligran las ciudades de las potencias. Sudamérica o Asia no han tenido paz.

Hay más. Porque el caso que más llama mi atención es el de Henry Kissinger en 1973, Secretario de Estado en Estados Unidos durante buena parte de la década de los 70. Un tipo que contribuyó al ascenso al poder de Pinochet, y patrocinado varios Golpes de Estado en Latinoamérica. El pretexto para entregárselo fue la firma del Tratado de París, que supondría el final de la Guerra de Vietnam, si bien tenía que compartirlo con Lê Đức Thọ, su homólogo vietnamita. Poco después de firmar el Tratado que le dio el Nobel, ordenó bombardear Laos y Camboya.

Dado que los individuos posmodernos somos, generalmente, unos bonitos contenedores vacíos de contenido, seguramente darán más que hablar las “injusticias” que se produzcan al entregar el Óscar o el Balón de Oro. Así que, es posible que algún año le den a Hitler un Nóbel por haber estado cerca de evitar el conflicto árabe-israelí. ¿O fue el causante? El caso es que si fuera conveniente se lo darían. ¿Alguien se olvida de que la UE está perdiendo su buena reputación?

Ciudadano Quién

 

Es curioso observar cómo cambian los tiempos, y con ellos los discursos y los argumentos; y siempre a placer de quien los emite. Hace tiempo que se hablaba del “efecto llamada” a los inmigrantes como uno de los males endémicos de este país. Hablar de colores es algo que está muy feo, es algo aplicable tanto a personas como a instituciones. ¿Por qué? Porque da lo mismo uno que otro, la sustancia es la misma.

En los años de bonanza había que decir no a los inmigrantes sin papeles. Ahora también, pero matizando que se quiere a aquellos cuyos papeles sean de colores y tengan cifras y edificios que los decoren. En las rebajas de noviembre, con la compra de un piso se regala la ciudadanía. Así, convertirse en ciudadano español cuesta 160.000 euretes, aunque no tengas ni idea de español. España está en venta. ¿Comprarán vivienda por necesidad o habrá segundas intenciones?

Esto no es tan solo un hecho aislado, pues con la inminente entrada en vigor de las tasas judiciales, se hará patente que tendrán más derechos quienes tengan más dinero. Si bien es cierto que la justicia siempre favoreció a quien más dinero puso en la balanza, ahora casi podemos hablar de que se privatizó la justicia. Tanto tienes, tanto vales. Por cierto, ¿alguien se acuerda de la amnistía fiscal? A veces es curioso ver como las piezas encajan.

La ventaja visible –y cuasi palpable– es que tenemos un gobierno tan inútil que no se toma la molestia siquiera de dejar pasar un tiempo entre medida y medida, permitiéndome establecer estas relaciones. La pena es que esto no lo vaya a leer nadie. Y aunque lo leyerais todos, ¿cambiaría algo?

El sinsentido de los consentidos

Un texto en prosa hoy pretendía escribir

mas mi musa en ello no ha consentido,

era un tratado acerca del sinsentido

de los consentidos que no nos dejan vivir.

 

Usurero es aquel que nos hace sufrir

soberbio, vicioso, avaro y desabrido.

No tiembla en dejar a nadie desatendido,

aunque nada nuevo venga a descubrir.

 

Todos con ellos hemos negociado.

Ilusos nosotros: creímos que no había qué temer,

de suerte aún no nos han desahuciado.

 

Llegaremos un día a cumplir con nuestro deber,

pues es imposible que alguno sea perdonado,

son afortunados de no haber empezado a arder.

Bailando con lobos

Hace cuatro años que en España vivimos azotados por los efectos de una crisis que no provocamos, por más que quieran convencernos de que así fue. Sin embargo, las consecuencias las vamos a sufrir queramos o no queramos. Vivimos en una sociedad donde la comunicación suele ser unidireccional y las decisiones son unilaterales.

El tema que más ha dado que hablar ha sido la barra libre de crédito ofrecida por los bancos, y muchos de nosotros decidimos bailar con ellos. Hace tiempo que alguien paró la música y todavía estamos con la resaca. Nos dieron garrafón puro. Tenemos que pagar la cuenta por tanto exceso, pero muchos ya no tienen trabajo. Debe tratarse de una casualidad, pura mala suerte.

Mientras unos pagaban con sus empleos, con sus pensiones, con la educación de sus hijos, con más impuestos, con su vida, el precio de la crisis. A los camareros de este gran bar que es España se les dio un premio en forma de millones. Pero tuvieron la poca vergüenza, la falta de escrúpulos, el descaro de reclamar a la gente desempleada los plazos de una deuda que deberían seguir pagando a pesar de haberlo perdido ya todo, incluido el techo. La Ley lo permite, la misma Ley que está hecha para garantizar los derechos de los españoles.

A este efecto, en febrero de 2009, surgió la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca), que trataba de evitar esta injusticia. De hecho, han conseguido parar 250 desahucios desde entonces; la mala noticia es que desde 2007 han salido adelante ya 185.140. En todos ellos han estado presentes los porteros de la discoteca, en algún que otro caso usando métodos idénticos.

Ayer, día 9 de noviembre de 2012, Amaya Egaña, quien fuera edil socialista, pero primero que todo era ciudadana, se tiró desde su piso en Barakaldo cuando entraron a desahuciarla. No es la primera persona que se suicida por la crisis, ni será la última. En Atenas, por ejemplo, hace unos meses que se suicidó un hombre en un árbol de plaza Sintagma. La globalización ya no es sólo económica, ahora vivimos también la globalización del dolor.

Sin dación en pago, seguirá viviéndose a diario el drama del desahucio, en algunos casos con consecuencias irreversibles. La muerte tenía un precio.